
Era un día de Santa Lucía, allá por el S.XX, un martes y trece para más inri el día que por fin, aquella chiquilla soberbia, guapetona, altiva y orgullosa, cedió a golpe de versos ante el muchacho de la chaqueta sin planchar y con menos cuartos que un maestroescuela en el bolsillo.
Muchos la pretendían, su padre marchante de ganado, con matadero propio y carnicería, era un estímulo añadido en aquella época de hambruna para todos sus enamorados.
Pero aquél muchacho, supo ver mucho más allá de las apariencias, como el Conejo Blanco de Alicia, cruzó el espejo y le ofreció honestidad, lealtad, respeto, comunicación, sinceridad, entrega, compromiso y comprensión.
Y lo cumplió.
Desde ese martes y trece -cuando ambos tenían 17 años- hasta hace unos meses estuvieron juntos.
Ni las mismísimas Fuerzas Armadas, ni todo el clero con su chorreo eclesiástico en pleno, pudieron con la inmensidad arrebatadora de la muchacha, con su ironía, con su naturalidad, con su genio, con su sentido del humor ácido, con su sentido del deber, con su fuerza, con su sensibilidad...
No. No pudieron, a partir de ese día se ennoviaron y fueron felices por momentos, y tuvieron prole, y lucharon, e intentaron comprender a sus hijas -no siempre fácil para sus mentalidades- y les inculcaron fe, generosidad, comprensión y sobre todo fueron un ejemplo de comunicación y de lucha continua
Ese muchacho es mi padre. No puedo tener mal concepto de los hombres teniendo como modelo a aquél chiquillo -que sigue siendo mi padre- y como referente su conducta. Jamás le he visto alzar la voz a su mujer, ni faltarle el respeto, ni ser grosero con ella...
Ni una sola vez. Ni una sola vez en toda mi vida lo he visto, por lo menos no en mi presencia -(aunque tiene sus defectillos, claro, ¿quién no?).
Llevó su compromiso ante el altar hasta el último día de vida de su mujer a rajatabla, pero no porque sea católico apostólico romano etc... sino porque él es así.
Auténtico y enamorado de su mujer durante toda su vida y más allá de la vida.
Dice, que mi madre todas las mañanas le dicta lo que tiene que hacer -entiéndase que no se le ha ido la pinza, es que es muy creyente- por eso sigue plantando margaritas en el jardín de mi madre, cuidando a sus gatos, escuchando a sus hijas ahora más que nunca, haciéndose el fuerte y soportando su soledad con resignación
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¡ Ése es mi padre!
¡Ése es su ejemplo!
¡Y me quedo corta!
¡Hombres! ¡Id aprendiendo del maestrillo!