
Subo algunas días, cuando está cayendo la tarde despacio, cómo sólo sabe hacerlo pausadamente el que no teme al tiempo, a la terraza comunitaria de mi bloque. Me gusta ir ya que nunca va nadie, exceptuando a Lucas, el vecino del 1º C.
Y sobre todo me gusta ir, porque hay un giro de 180 grados de vistas superpuestas como prismas cristalinos que la nieve permite entrever cuando empieza a derretirse y ofrece tonos múltiples y variados, tan variopintos a esa hora del día, que me siento como la que vuela. Si. La del Lado Oscuro.
Tan sólo tengo que subir unos escalones, y ya estoy en mi paraíso particular, siendo la dueña de la ciudad perdida y tan llorada, y eso, subiendo sólo 11 escalones.
Me siento con los brazos entrelazados entre mis piernas, y la barbilla apoyada en las rodillas, a esperar que llegue Lucas.
Él sube con un tenderete de quita y pon -uno de esos plegables- y siempre tiende sólo los tangas de su mujer. La mayoría son rojos y los únicos estampados son de leopardo.
Lucas- en realidad se llama José Manuel, pero lo llamo así porque se parece al novio de la Nancy- habla poco. Cuando quiere enfatizar su opinión es únicamente cuando deja de estar pendiente de la colada, para mirarme a los ojos y es entonces cuando sentencia. Porque Lucas sentencia, no opina.
-Lucas: ¿Crees en el amor verdadero?
Me responde con un rotundo NO.
-¿Y tú? me pregunta cuando ha colocado la última pinza de color rosa, en el último tanga de leopardo.
-Hoy no te voy a contestar...
Te quiero porque creo que entiendes como soy
Te quiero porque a ti te puedo contar lo que a nadie le puedo contar.
Porque puedo sentir que mi vida a tu lado cobrará sentido y dejará de ser vacía.
Te quiero porque me preguntaste cuantos años tenía cuando murió mi padre, y eso nadie me lo había preguntado jamas.
Te quiero tanto que me gustaría...